Mientras admiraban las vistas, admiraba el jefe, porque lo que era Edgar…, ya para aquel entonces no veía, solo sentía la presión del corazón latiendo desorbitado en su pecho. Aunque sí pudo percibir como se acercaban por su diestra dos de los guachimanes cargando el cadáver de Jairo Alfonso, con los ojos aún abiertos y manteniendo esa mirada que iba dirigida a él. Se colocaron paralelos al saliente y balancearon un par de veces el cuerpo a fin de coger la inercia para proyectarlo al vacío. Todos oyeron como caía sobre las ramas de los árboles de la ladera, y el sonido del rodar, y rodar, y rodar, hasta que apenas fue audible. Todos se acercaron al borde para atisbar hacia abajo, incluido Edgar, por esa reacción natural a la curiosidad. Y lo que también atrajo su atención curiosa fue la visión de un cártel, que se hallaba anclado en el talud y a unos metros por debajo de donde se encontraban, y donde pudo leer:
Fue lo último que alcanzó a percibir, ya que el chofer y a un asentimiento de la testera del jefe, colocó un fierro en su nuca y accionó el gatillo. Un pum, seco, rompió la tranquilidad del lugar y rebotó por el eco en las diferentes laderas circundantes. Pedazos de cerebro sanguinolentos se dispersaron desde su frente abierta al valle. Mientras su cuerpo se desplomaba, el ejecutor aprovechó para empujarlo y provocar su caída natural al frente, y por ende, directamente al barranco, siguiendo una trayectoria similar a la de su compañero de juerga nocturna.