-A ver, Róbinson, primero, díganos de dónde sacaron esa información, no vaya a ser maluca.
-Tranquilo, patrón, que es de lo más verdad. Pillamos a dos pelaos de la banda del Tuerto jinchos de la perra en un puteadero de Villa Hermosa. Fue a eso de las cinco de la madrugada, y cuando los sacamos fuera para que cantaran, nos dijeron que habían estado esta noche en la casa donde las tienen guardadas y que salieron de ahí con el jefe y ya con tragos. Así que terminaron ambos en el puteadero. Hablaron rapidito después de que a uno de ellos le voláramos de un tiro dos dedos de la mano. Es de fiar la vaina –terminó de certificar rotundo el guachimán jefe.
-Bien, entonces se me van y usted organiza cuatro grupos de ataque, con cuatro manes en cada uno. Y le aviso, Róbinson, si a nuestras esposas les ocurre algo, alguien pagará cara la vaina. No diré más. Que cada grupo vaya con sus celulares y nos tengan informados al minuto. Y la hora para el ataque, mejor ya anocheciendo. Ahorita, váyanse; nosotros esperaremos acá –ordenó seguro Simón.
Dejaron pasar el día hasta que a las cinco y media de la tarde, ya escondiéndose el sol entre collados, cuatro rancheras salieron de un punto indeterminado de Medellín y se esparcieron por las diferentes calles en dirección a los cerros. Transitaban de manera pausada, como queriendo demostrarse la falta de afán y la tranquilidad que llevaban, aunque el motivo verdadero se debiera a la aún excesiva claridad que rondaba la urbe. Cada vehículo transportaba a un trío de carniceros con sus herramientas de trabajo alistadas, engrasadas y afiladas para cumplir de la mejor manera su cometido.