-Qué suban por el ascensor privado. ¡De afán! –colgó el auricular.
Miró al resto.
-Perdone, Robus, pero llegó Róbinson. Trae noticias. Le he mandado subir.
Todos se movieron inquietos, unos en sus asientos, los otros tal y como se encontraban, en pie. Asemejaban a resortes dispuestos a expandirse al soltarse la cuña de seguridad. El ambiente se podía rebanar como si de un marshmallow se tratara; el humo de los cigarrillos y de los petas de marihuana Gold de Santa Marta surcaba el techo del despacho como nubarrones oscuros que anuncian tormenta.
La puerta del ascensor de seguridad se abrió y tres manes de mala calaña penetraron en el sancta sanctorum de los Vallejo.
-Hemos dado con la caleta. Sabemos donde las tienen escondidas –aseveró Róbinson, el jefe de seguridad de la familia, con voz ronca y escaso en demostraciones.
Todos permanecieron en silencio, observando a los ángeles de la muerte recién llegados. El jefe de seguridad dio los detalles del lugar y opciones para tomarlo al asalto. Pero el Mono, precavido por suspicacia, deseaba mayor información.