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LOS FLORIDA 109

14/12/2010

-¡Sí! –inquirió Simón.

Escuchó un rato.

-Qué suban por el ascensor privado. ¡De afán! –colgó el auricular.

Miró al resto. 

-Perdone, Robus, pero llegó Róbinson. Trae noticias. Le he mandado subir.

Todos se movieron inquietos, unos en sus asientos, los otros tal y como se encontraban, en pie. Asemejaban a resortes dispuestos a expandirse al soltarse la cuña de seguridad. El ambiente se podía rebanar como si de un marshmallow se tratara; el humo de los cigarrillos y de los petas de marihuana Gold de Santa Marta surcaba el techo del despacho como nubarrones oscuros que anuncian tormenta. 

La puerta del ascensor de seguridad se abrió y tres manes de mala calaña penetraron en el sancta sanctorum de los Vallejo.

-Hemos dado con la caleta. Sabemos donde las tienen escondidas –aseveró Róbinson, el jefe de seguridad de la familia, con voz ronca y escaso en demostraciones.

Todos permanecieron en silencio, observando a los ángeles de la muerte recién llegados. El jefe de seguridad dio los detalles del lugar y opciones para tomarlo al asalto. Pero el Mono, precavido por suspicacia, deseaba mayor información.