Pero no duró la alegría entre los del Tuerto. Detrás de otro de los vehículos se encontraba Róbinson, la mano derecha del clan Vallejo, intercambiando ideas con un indio que junto a él, cargaba una sofisticada arma.
-Mire, jefe. Yo digo que bazoquear la puerta principal, es la única manera de que no jodamos a las doctoras –propuso el porteador del artilugio carnicero.
-Atine bien, mijo, porque si alguna de las señoras sufre un rasguño…-terminó de comentar el jefe.
Un silbido sordo partió desde el vehículo e impacto acto seguido contra la puerta de la vivienda. Piedra, madera, ladrillo y polvo se esparcieron por los aires, mientras detrás de la nube que se disipaba un gran boquete dejaba entrever las tripas de la vivienda. Gritos, toses y órdenes, además de fuego cruzado, plomo corrido, se evadían desde dentro.
El gran roto abrió al público en general y a los depredadores del clan Vallejo en especial, el gran teatro del horror de esa cárcel de hembras y sus captores, y a su vez, la posible vía de entrada a la horda guerrera comandada por Róbinson. Cuando el polvo y el humo se disiparon entre los berridos berriondos de los malheridos, los atacantes se arrastraron con cautela hacia el objetivo, frenteando las bocas de sus armas una posible respuesta desde la casa.