Al otro lado de la línea, Simón se quedó mirando el teléfono celular, para colocárselo de nuevo, incrédulo, sobre la oreja.
-¡Pero, pero..., qué vergas me está contando! ¿Cómo qué no puede? Cuénteme que mierdas está pasando allá. ¿Cómo está la señora Patricia?, ¿las han rescatado ya? –vociferó en mitad del despacho, girándose en redondo para observar la expresión del resto.
-Patrón, patrón, ahorita no puedo hablar. Van a salir con la señora Patricia con el fierro en su cabezay tengo que arreglar la vaina de una. Lo llamo cuando este tierrero termine –y Róbinson colgó a sabiendas que se saltaba el protocolo y con ello provocaba el encolerizamiento de su jefe, pero peor era encontrarse a un Patrón viudo que a uno emberracado.
Todos los ahí reunidos permanecieron mudos cuando el Mono, acto seguido, depositaba el celular sobre la mesa. Comenzó a caminar sin rumbo por el despacho, frotándose las manos con gesto nervioso. Robustiano se le acercó con expresión compungida.
-Tío, cálmate, porque estoy igual de jodido que tú. Nuestras mujeres corren peligro y solo tu lugarteniente, el Róbinson, puede sacarlas de esta. Aunque…, yo hubiera actuado de otra manera…
-¡Dígame, Robus, dígame de una puta vez qué hubiera hecho usted, dígame, porque estamos jodidos! El berraco del Róbinson no me informa y encima, el muy gonorrea me corta la línea. Mis hermanos no tienen nada que aportar, mi padre dirige desde su casa y yo…, me temo lo peor. Tenía que haber ido para ya –se lamentaba Simón.