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LOS FLORIDA 119

4/1/2011

-Eso era lo que te quería decir. Yo hubiera tomado el mando del comando, con Róbinson, pero dirigiendo yo en persona el operativo desde el lugar. Pero estamos en tu territorio, y por eso…, te lo trate de decir antes, pero nos interrumpieron. Yo siempre tomo el mando de mis chicos; es la única manera de controlar la situación –terminó de comentar el Robus, siempre dirigiéndose al Mono.

Nuevamente, el ambiente denso de fumadores de todo tipo de tabacos y de lo que no lo son, de sufridores de momentos malucos y de guerreros venidos a señores, se apoderó de la atmósfera de la oficina. Simón fijó su mirar en Robus de manera intensa, ido, pero persistente. Los hermanos del Mono temían que un repentino arrebato del primogénito terminara en una gresca entre ambos, tal era la tirantez que se palpaba entre el humo aposentado.

Sin embargo, sin mediar palabra, el Mono se acercó a su mesa de despacho, abrió un cajón, extrajo su Glock que introdujo en la parte trasera del pantalón, y descolgó el aparato del teléfono. Marcó.

-¡Alisten dos carros, los fierros y un par de manes. Nos fuimos. Bajamos de ya al garaje!

-Está en lo cierto, Robus, debí tomar el mando de este mierdero en el campo de batalla. Nuestras esposas están en peligro. Vamos a tratar de voltear esta vaina. Vamos, brothers –y con esta sentencia sin vuelta atrás, se dirigió al ascensor privado seguido de Robus y del resto del clan Vallejo.

Partieron de rapidez, desde el garaje del edificio, en dos vehículos en dirección a los cerros. Iban fuertemente armados y sin visos claros de cómo terminaría el día, pero ambos amigos, el Mono y el Robus, presentían un desenlace funesto.