El silencio mantenido embargaba el barrio cerrero. Los atacantes se encontraban apostados detrás de las camionetas y con las armas alistadas a la espera de la salida de los secuestradores y sus victimas. El Gonorrea, lugarteniente del Tuerto, se mantenía parapetado en el salón con Patricia como escudo, una Patricia con la cara como globo de feria, de tonos amoratados, nariz a la virulé y mechas de loca iluminada. El jefe no se decidía a dar el paso de salir a la intemperie, por mucha promesa que le hubiera hecho el Róbinson. Era perro viejo y curtido en lides torcidas, como para intuir que salir de su guarida podía significar la muerte; por ello se mantenía dubitativo, aunque seguro detrás de esas paredes de tierra y fique.
Paz se había puesto a cubierto. Desde que diera comienzo la balacera, se tumbó sobre el puerco suelo atrincherándose debajo del camastro. Preveía una guerra devastadora, pero no como las batallitas de su marido en España, de un par de tiros, navajazos y algún puño americano, no, una guerra sin cuartel hasta que uno u otro grupo aniquilara al contrario, y ellas se encontraban en medio de todo ese sancocho de polvo, materiales, sangre y moribundos.
Oyó como el cabrón del Gonorrea, así había escuchado llamarlo con anterioridad, se había llevado a Patricia y la utilizaba como parapeto para cubrirse del fuego enemigo, bueno, amigo para ellas, aunque si la situación se mantenía, tendrían más posibilidades de morir a manos del fuego de los suyos que el de los secuestradores. Pero desde hacia unos minutos, y cuando parecía que ambos contendientes se estaban acercando a una negociación, todo se empantanó en una mudez estanca. A Paz, este sigilo le preocupaba más si cabe que la anterior guerra de tiros y muerte, porque preveía una catástrofe después de la calma.