Un grito emitido desde el exterior la sacó de sus pensamientos. Se escuchaba distante, aunque ella percibió que lo lanzaban desde el frente cercano a la casa.
-¡Bueno, qué es la vaina, van a salir o vamos a tener que sacarlos a las bravas!, ¿eh? –gritaba Róbinson con el dedo engatillado y apuntando su arma a la embocadura de la pared.
El ambiente del lugar volvió a retomar la quietud de los instantes previos al grito.
-¡No me joda, berraco, tenemos que cuadrar esta vaina de acá dentro. Además, no lo veo clarito lo suyo, no vayamos a salir y nos vayan quebrando de una. Así que pasito, que yo le aviso! –berreó en esta ocasión y desde dentro de la casa el Gonorrea.
De nuevo, la calma tensa. Solo el sonsonete del celular de Róbinson rompía el ambiente de la calle y lo rompía sin visos de un final previsible, ya que el lugarteniente no respondía al llamado de su jefe; no estaba para dar reportes de guerra sino para guerrear sin artificios. Además, la tensa espera los mantenía a él y a sus hombres en un estado de adrenalina subida.
En el interior de la casa, el jefecillo se había retirado del boquete arrastrando con él a la secuestrada, a Patricia. Dada la situación que se les había creado, y después del susto del ataque inicial, decidió llamar a su Patrón, al Tuerto. Estaba necesitado de tomar una decisión drástica, inmediata, ya que en caso contrario cargarían contra la casa al asalto y sucumbirían gran parte de los contendientes, de uno y otro bando. Y para tomar una determinación de esa índole, tenía que ser el propio Patrón el que decidiera. Tecleó el número.