Róbinson, mientras tanto, controla con vista de halcón el movimiento siniestro del nutrido grupo que se va desplazando como un ciempiés beodo en dirección a los carros. Ha dado orden de no disparar. La melcocha de manes no deja entrever a las rehenes; no se puede arriesgar. Sus hombres, comunicados entre sí por los celulares, mantienen una tensa espera, excesivamente tensa, y que por los comentarios que le hacen, preocupan al jefe, no vaya a ser que a uno de ellos se le dispare el fierro y de comienzo a una matacera de todos muertos. Él los tranquiliza, ojo avizor, no obstante, a la espera de encontrar un resquicio en el desplazamiento de la horda, para que su francotirador haga diana en el cabezón del Gonorrea. Para su desgracia, aún no se ha dado el momento.
La calle polvorienta se asemeja a una obra teatral de corrala, con un silencio propio de espectáculo y donde un grupo andarín se desplaza cautelosamente y como un solo elemento hacia un extremo de la vía, mientras otros, con sus miembros armados y desperdigados detrás de algunos todo terrenos, controlan alertas la maniobra. Y cuando ese solo elemento alcanza el primero de los carros para acometer la huida, por el acceso opuesto al barrio ascienden a toda velocidad y dejando una inmensa nube de polvo dos vehículos siniestros.
Los nuevos visitantes llegan al escenario de la representación con cajas destempladas y derrapando ruedas, en esos caminos pedregosos propios de los cerros. Todo el espectáculo se paraliza de golpe. Los secuestradores detienen su desplazamiento y sus caras giran en dirección a los vehículos recién llegados; el primer grupo atacante hace lo propio, salvo Róbinson, que además de desviar por fracciones de segundo su vista de la comitiva a los recién llegados, tiene que volver a realizar el gesto ante la sorpresa de ver rostros conocidos entre los aparecidos. No me joda que se ha presentado el Patrón con toda la artillería, piensa en voz alta y se yergue para ser reconocido por el Mono.