Algunos de los ocupantes de los carros recién aparecidos por arte de birlibirloque se apearon con los vehículos aún rodando, arma en mano, y dirigiéndose directamente en dirección a la comitiva momentáneamente paralizada. Pero frenaron de golpe sus andares al escuchar un vozarrón surgir frente a ellos.
-¡Malparidos, no se me muevan un pasito más, porque empezamos a quebrar hembras!
Los tres grupos armados de indios y los que no lo eran, permanecían ahí parados sin determinar cual de ellos daría el paso definitivo. Simón y Robus comenzaron a otear el panorama hasta localizar a Róbinson e intercambiar gestos que solo ellos interpretaban. Entonces, Simón, el Mono, dirigió su vista y sus palabros al grupo del Gonorrea.
-¡Dejen a las hembras y respetaremos sus vidas. En caso contrario, los quebramos a ustedes, a sus familias y a todos los malparidos que los rodeen, porque nosotros ya los estamos conociendo! ¿Se me han enterado, maricos?
La amenaza caló entre los hombres del Tuerto que comenzaron a mirarse con canguelo, previendo lo que les podía suceder a los suyos. Sin embargo, el Gonorrea hizo acopio de bravura, tomó de nuevo a Patricia por las mechas, y la frenteo, él detrás, ante los nuevos aparecidos.
-¡Gonorreas, si dan un paso más, un tiro o cualquier otra vaina, esta malparida huele a muerto, así que quieticos mientras nosotros nos montamos a los carros y salimos –terminó de amenazar el jefe a sabiendas que si salían del barrio y conseguían acceder a la carrera de bajada, les esperarían los refuerzos.