El Mono dejó caer su brazo armado ante la imagen descorazonadora que captó de Patricia; quedó bloqueado mientras el Gonorrea terminaba de soltar su speech. Pero lo que nadie esperaba, es que desde el lateral, del lado de los hombres comandados por Róbinson y que momentáneamente los secuestradores y los recién llegados habían olvidado enfrentados como se encontraban entre ellos, a una señal de Róbinson y aprovechando que el Gonorrea se había descubierto dirigiendo su mirar al lado opuesto, el francotirador alistado desde el primer momento para ejecutar su cometido, enfocara su visor a un punto definido por encima de la oreja izquierda del Gonorrea y apretara el gatillo.
Un impacto sordo, seco, rompió el silencio, mientras la cabeza alcanzada se ladeaba de golpe hacia la derecha, para después caer arrastrada por el cuerpo al polvo del camino. Pedacillos de hueso, cerebro y sangre salpicaron a los integrantes de su grupo, que solo reaccionaron al sentir la humedad y los pinchazos de las esquirlas óseas en su rostro.
Una balacera del hijueputa partió del grupo secuestrador, que ya, sin cabeza visible, perdió el control grupal y se disgregó disparando a diestro y siniestro. Del equipo recién aparecido comandado por el Mono, sin embargo, no salió un solo tiro por orden expresa del Patrón, parapetándose para no ser alcanzados detrás de los dos vehículos. No así los atacantes dirigidos por lugarteniente del Mono, que ante el circo de gente y balas que se formó frente a ellos, comenzaron responder al fuego, a pesar de que Róbinson diera orden de parar, de contenerse.