Paz se lanzó en plancha al polvo del camino, orillándose a una tapia casera. Patricia, sin embargo, y ya sin la sensación de dominio que hasta ahora ejerció su verdugo, ahora cadáver, sobre ella, permaneció fracciones de segundo ida, mientras sus captores se dispersaban con una gran algarabía de aullidos y disparos. Tiempo suficiente para que una bala perdida, enemiga, o quién sabe, quizás amiga, perforara su pecho y atravesara su corazón. Cayó en forma de tirabuzón, como saco de papas, a tierra, momento que captó con horror la retina del Mono, y no solo la de él, sino la de sus subalternos.
Todos se dispararon hacia el lugar donde yacían, apenas separados por una fina barrera de arenilla, los cuerpos del secuestrador y de la victima, unidos para siempre por idéntico metal: el plomo. No obstante, tuvieron que acercarse con cautela, ya que el grupo en dispersión seguía balaceando al aire con el fin de cubrir su retirada. Por fin, el Mono, se arrodilló frente al cuerpo de su mujer, tomando su cabeza y aullando dolor y venganza.
-¡Ay, hijueputa, me la han matado, han quebrado a mi Pati, a mi esposa, a la madre de mis hijos, ay, mi Dios, vida hijueputa!
Al tiempo que esto ocurría en mitad de la callejuela, en la orilla Robus elevaba a Paz del suelo, abrazándola con la intensidad del momento.
-¡Paz, Paz, no me jodas. Esto ha sido la hostia, la leche. Joder, no sabes que de a buten me siento ahora que ya estás libre! Y el crío, sin enterarse. Ven, vamos apoyar a Simón que lo tiene crudo –terminó tomándola del brazo y acercando sus pasos al lugar donde se encontraba parte del grupo atacante.