Mientras Robustiano se instruía como alumno de parvulario en los tejemanejes de la producción del negocio de la perica, como allá denominan a la cocaína, de la que solo conocía los pormenores que le habían detallado en su día sus proveedores colombianos, el Mono elaboraba su plan de muerte para el Tuerto, su familia, su banda y todos los que lo rodeaban.
Ambos demoraron idéntico tiempo en sus diferentes cometidos: uno, en aprender y sacarse la licenciatura en el oficio del traqueteo; el otro, en planificar una guerra relámpago, una que solo constaría de un par de batallas y que por lo que esperaba el Mono, se liquidaría en un par de días.
Cuando Simón vio llegado el momento de desplegar su ejército para pasar por las armas al enemigo, reunió a todo su estado mayor en la finca del Don, una docena de lugartenientes, y junto a sus hermanos, dirigió el conclave.
-Padre, después de un mes de investigación y de mantener chequeados a todos los malparidos de la banda del Tuerto y a sus familias, ya tenemos todo alistado para caerles y quebrarlos. Todo se liquidará en un día, máximo dos, en caso de que alguno pueda volarse de nuestra matancera en un primer momento. Hemos destinado para cada hombre contrario y su familia, un comando nuestro de a dos manes, para sus tres guachimanes, tres comandos de a cuatro, y para el Tuerto, uno de doce. Esto nos tendría que bastar para quebrarlos en un día a todos.