-Pero, hijo, ¿tienen bien ubicadas todas las caletas de la banda?, ¿dónde se encaletan con sus familias?, ¿todas la casas y fincas del Tuerto en dónde pueda ocultarse?, y sobre todo, ¿tenemos a nuestra gente preparada para una vaina tan berraca? –preguntó el padre con semblante preocupado –porque no le tengo que decir, que si cualquiera de los guachimanes o de la familia del Tuerto sobrevive a esta moridera, se volverá contra nosotros y los nuestros.
Los miembros del conclave se miraron entre si. Sabían que lo que decía el viejo no era objetable, que estaba en lo cierto y que no podrían errar. Simón miró a sus hermanos, después a sus lugartenientes.
-Digan, ¿estamos alistados para tremenda guerra? –inquirió el primogénito.
Uno por uno los lugartenientes, los que tenían a su mando varios comandos y los que se pondrían al frente de su gente, fueron dando su opinión. El primero fue Róbinson, la mano derecha del Don, el que detentaba el poder sobre todos los hombres de la familia Vallejo, y el que mostraba un gran esparadrapo en el lugar donde antes lucía un hermoso orejón, el izquierdo.
-Estamos alistados, patrones. Toda mi gente lo está. Pero que hablen ellos, que los demás también frenteen la vaina.
Uno por uno asintieron o dieron un escueto, Sí, por respuesta. Al finalizar, los hermanos menores de Simón aportaron su granito de arena a lo ya organizado o expuesto.
-Padre, hermano, Edgard y yo estamos con ustedes para la vaina que sea, y con nuestros hombres vengaremos la muerte de Patricia. ¡De la familia Vallejo no se ríe ni el putas! –terminó subiendo la voz en plan mitin, a lo que los hombres gritaron elevando los puños en señal de euforia.