Se mantuvo unos segundos dubitativa, tras lo cual, miró al Mono con intención de buscar su bolso. Él hizo una seña a Róbinson, que entró en la pieza para acto seguido aparecer con él. La mujer extrajo el celular, lo encendió y marcó. Lloraba. Alguien respondió alterado al otro lado de las ondas. Ella dejó que preguntarán, que exigieran respuestas; apenas podía articular palabra. Al fin se hizo el silencio.
-Papi, es que…, nos sacaron del vuelo, dos policías… y ahora estamos con el señor Vallejo. Sí, sí, si no vienes con tus chicos, nos matan, sí, a mí y a mis hijitos… uahhhh –y prorrumpió a llorar desconsoladamente.
Entonces el Mono tomó el teléfono, ante la imposibilidad que observaba en la mujer de mantener una conversación coherente, y habló, lenta, pausadamente, pero con tono helador.
-Oiga, gran hijueputa, usted mató a mi esposa. Así, que si no quiere recibir las cabezas de sus pelaos y su esposa por mensajero y en empaque de regalo, lo espero a usted y a sus manes a las 7 de la tarde en el parking de la cafetería el Paisa. Si a las siete y diez no aparece, su familia queda oliendo a muerto –terminó y accionó el botón rojo, cortando la comunicación y la posibilidad de escuchar una respuesta o una imploración de clemencia.
La mujer, si antes se encontraba compungida y llorosa, ahora, y después de estar presente durante el monólogo de Simón, prorrumpió a plañir de manera desesperada.