-Ahora la vida suya y la de sus hijos se encuentran en las manos de su esposo. A ver cuánto los quiere. Llévesela, Róbinson –ordenó al finalizar su comentario.
A partir de ese instante, comenzó a organizar el operativo que llevaría a cabo esa tarde. Intuía el carácter taimado del Tuerto y la posibilidad de caer en una emboscada, pero el lugar elegido se prestaba a sus intereses desde hacia años. Controlaba la zona desde varios apartamentos que poseía en los edificios circundantes, donde apostaría varios tiradores de elite. Además, su equipo llegaría en media docena de todoterrenos con vidrios tintados y de idéntica marca y apariencia, con lo que evitaría que dedujeran el vehículo donde mantendrían a la familia camuflada. Se eligieron una veintena de hombre de confianza de Róbinson, sus escuadrones carniceros.
A eso de las dos de la tarde, Robinsón apostó a sus tiradores de elite en las ventanas de los apartamentos, cuidando al detalle su posición, armas y estado. A las 18, tres de los vehículos se apostaron en la explanada del parking, con dos manes en cada uno, ocultos por lo opaco de los vidrios. Y a las 18,50, aparecieron los otros tres carros, con tres fantasmas en cada uno, además de la familia del Tuerto, el Mono y Róbinson. El combo de vehículos esperó, sin apearse ni moverse nadie. A las 18,58 emergieron de una callejuela tres vehículos dispares, que frenaron su andadura frente a los otros seis; nadie se bajó, nadie se movió.