A cada uno de los ahí retenidos se les aplicó idéntico formato que al de sus antiguos compañeros de armas: un tiro en la sien, ejecutado directamente por el Mono. A éste le seguían dos guachimanes, que cortaban las cabelleras por el cuello, a fin de ser reconocidos por los receptores de los paquetes que les llegarían con el regalo correspondiente.
Cuando terminó la degollina, el Mono alzó la vista y Róbinson captó.
-Edmunson, Gabriel y Mocho, tráiganme al Tuerto y a la mujer.
Simón tomó asiento frente a una gran mesa. A su vera habían colocado dos sillas vacías, por el momento. Hizo una seña con los dedos y un indio le trajo un Sello Negro en las rocas. Comenzó a beber, removiendo de cuando en cuando los hielos con el dedo corazón.
De golpe detuvo todas esas reacciones inconscientes, cuando vio aparecer a los detenidos custodiados por los tres indiecitos. La mujer no alcanzó a llegar a la zona de la mesa. El olor a muerte, la vista de la sangre regada en el suelo de tierra, que aunque en parte absorbida por su propia porosidad, estaba aún presente en el tono y en la humedad de la arena, y lo macabro del lugar -sus penumbras en los altos techos, sus esquinas escondidas por la escasez luminosa-, provocó que ella perdiera el poco aplomo que aún le quedaba y sus rodillas cedieran al desplome de su cuerpo.