La sentaron en una de las sillas cercanas a la del Mono y le dieron un par de suaves cachetadas para reanimarla; volvió en si, alterada, sin ubicación. Le brindaron un vaso de agua que bebió con fruición. Entonces, una vez recuperada, Simón dio orden que la levantarán y que el Tuerto se sentara junto a él, sin retirarle el cañón de un Kalashnikova de su riñón.
-Amarren a este hijueputa; bien amarradito, y me le tapan la boca para que no rebuzne.
-Déjenme, malparidos, que los voyyyy a mmdjwiuriwqr –terminó de berrear el detenido en un tono apenas comprensible después de colocarle el esparadrapo en plena boca.
Cuando por fin quedó atado, con la bocaza sellada y la cabeza erguida –apoyaron un almohadón a tal efecto para que no perdiera el ángulo de visión que deseaban tuviera-, colocaron a su mujer frente a él, y antes de que ninguno de los dos detenidos se percatará de lo que ahí acontecía, le rebanaron el cuello de izquierda a derecha. El cuerpo femenino, aún tembloroso, se desplomó como una marioneta. El ojo del Tuerto se desorbitó, por lo imprevisto de la acción. No emitió un solo quejido.
-Su esposa no era culpable de sus decisiones, por ello ha recibido un trato de favor y una muerte rápida, sin sufrimiento. Pero usted tenía que verlo, como yo observé el asesinato de la mía. De mi Pati. Y ahora, que ya se ha quedado sin esposa, le contaré que haremos con sus pelaos y después, con usted, gonorrea –interrumpió un segundo su monólogo para que el Tuerto pudiera asimilar toda la información.