El ojo, que aún conservaba la vista y la vida, parecía salirse de su órbita. El Mono, desde su poltrona, dio la orden de sacar la rata, depositarla sobre la tripa del retenido y cubrirla con la olla.
El silbido del soplete hizo acto de presencia. Alguien comenzó a calentar esa olla. El cuerpo del Tuerto se retorcía ante lo que se avecinaba; su cabeza giraba de un lado al otro expeliendo sonidos indescifrables. Un ruido de uñas rascando metal de manera desesperante surgía del caldero que adquiría unos tonos rojizos por su base. Los ahí presentes miraban expectantes.
El tono metálico varió su modulación hacia uno grave, a un rasgar seco. Todos entendían el significado; lo conocían de alguna ocasión pretérita. De repente, el cuerpo se arqueó, se convulsionó y la cabeza comenzó a batir como mástil llevado por el viento. Acto seguido se relajó. Otro baldado de agua sobre la cabeza del Tuerto lo hizo volver en sí. Fue entonces cuando pudieron observar como la piel ascendía y descendía por diversas partes de su cuerpo a una velocidad inusitada. El esqueleto se espigó un par de veces para después caer en una modorra propia de cadáver.
El Mono se desperezó, se acercó la mesa, desenfundó su Glock. Disparó al alien que se desplazaba entre entrañas, una, dos, tres veces, hasta que poseído e invasor dejaron de tener vida. Salió del galpón seguido de su sombra en busca de los niños, en busca de dar por terminada su venganza. Un halito de liberación se expelió de su garganta en forma de resoplido.