Al siguiente día celebraron en la quinta del padre, el Don Vallejo, el final de la guerra. Todo vestigio del clan del Tuerto había desaparecido de la faz de esa región, y su única descendencia, ambos pelaos, viajaban en ese momento en un vuelo clandestino a Bolivia, a depositarlos en esa aldea cocalera perdida de la civilización.
Por todos estos motivos la celebración era obligada, y todos los varones Vallejo junto a sus lugartenientes y Robustiano, se encontraban en plena faena de tomadera y metedera. Bebieron lo que les sirvieron, ron, aguardiente, whisky y todos los licores existentes; comieron todas la bandejas paisas, arepas, chunchurria y demás manjares regionales; metieron todo lo que les daban los conductos nasales y los pulmones, coca, bazuco, maría; y por último, y a altas horas de la noche, esos varones jinchos de la perra y colocados hasta las trancas, se les volaron a sus papás de la finca y se fueron a su lupanar favorito, el de Elsita, la berraca.
Cada cual pilló una meretriz tremenda, a excepción del Mono, Edgard, John Washington y Robustiano, que se agenciaron de a dos, motivo por el que doña Elsa tuvo que pedir refuerzos de emergencia del burdel de la calle del frente.
Y así amanecieron en el prostíbulo con un guayabo del hijueputa, por lo que la patrona encargó del colmado cercano, un balde de changua para despertar y desenguayabar a toda esa tropa.
A los dos días el Mono y Robus se reunieron en el despacho del primero a fin de dilucidar el futuro. Simón encendió un gran habano con expresión satisfecha.