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LOS FLORIDA 157

1/3/2011

Al siguiente día celebraron en la quinta del padre, el Don Vallejo, el final de la guerra. Todo vestigio del clan del Tuerto había desaparecido de la faz de esa región, y su única descendencia, ambos pelaos, viajaban en ese momento en un vuelo clandestino a Bolivia, a depositarlos en esa aldea cocalera perdida de la civilización.

Por todos estos motivos la celebración era obligada, y todos los varones Vallejo junto a sus lugartenientes y Robustiano, se encontraban en plena faena de tomadera y metedera. Bebieron lo que les sirvieron, ron, aguardiente, whisky y todos los licores existentes; comieron todas la bandejas paisas, arepas, chunchurria y demás manjares regionales; metieron todo lo que les daban los conductos nasales y los pulmones, coca, bazuco, maría; y por último, y a altas horas de la noche, esos varones jinchos de la perra y colocados hasta las trancas, se les volaron a sus papás de la finca y se fueron a su lupanar favorito, el de Elsita, la berraca

Cada cual pilló una meretriz tremenda, a excepción del Mono, Edgard, John Washington y Robustiano, que se agenciaron de a dos, motivo por el que doña Elsa tuvo que pedir refuerzos de emergencia del burdel de la calle del frente.

Y así amanecieron en el prostíbulo con un guayabo del hijueputa, por lo que la patrona encargó del colmado cercano, un balde de changua para despertar y desenguayabar a toda esa tropa.

A los dos días el Mono y Robus se reunieron en el despacho del primero a fin de dilucidar el futuro. Simón encendió un gran habano con expresión satisfecha.