-Bueno, tronqui, tranqui. Sí, de algo me pispé cuando llegamos, pero no pensé que… Aunque me tienes que reconocer que están de un bueno que tumban; las de España no les llegan a la suela del…
La mirada de Paz antes de abrir la puerta lo dejó sin terminar, aunque mantuvo una sonrisa malévola que estiraba la comisura de sus labios. Así era el Robus; siempre de cachondeo, nunca perdía la sonrisa y tomaba la vida tal como llegaba.
Esa noche, y una vez acostaron a su hijo, parlamentaron y decidieron permanecer en Sao Paulo el tiempo que necesitara Robus para hacerse con nueva documentación y empezar a organizar una ruta inédita de lo prohibido desde Brasil a España; un par de meses a lo sumo. Deseaba consolidar de nuevo su porvenir en su país, a futuros, claro está. No contaban con nadie más que con Joao Figuerido en el país carioca y no pretendía hacerle el feo de rechazar su ofrecimiento de hospedaje. Además, ellos estaban huidos y no debían soliviantar los ánimos de nadie, no fueran a echarlos a las fieras de la Interpol o a cualquier otros organismos de perros de presa. Pasado ese tiempo viajarían a Colombia, donde el Robus contaba con varios buenos contactos en Bogota y Medellín y que le habían prometido cobertura completa en cualquier ciudad del país suramericano el tiempo que necesitaran.
Mientras el Robus y su familia arrancaban su diáspora particular por el cono sur de América, la situación en España se consolidaba en el negocio de la farlopa, y todo derivado de la consolidación de los cárteles exportadores de perico. Las grandes mafias colombianas ya no eran las de los años ochenta, las de algunos lunáticos endiosados que controlaban el mundo con sus toneladas, sus armas y sus billetes verdes: todos esos habían caído en las garras de Tánatos o en las de la Justicia de grilletes y barrotes.