No, la de finales de los noventa y comienzos del nuevo siglo era una mafia ilustrada que se había criado y desenvuelto, mientras sus padres aún se encontraban en tremendas matanzas con el fin de determinar quien detentaba el poder, entre los algodones de las más prestigiosas universidades de la United y de la achacosa Europa, y que ahora emergían como los grandes empresarios de lo limpio y de lo hediondo, que se movían en vehículos de segunda y poco lustre, vivían en grandes duplex sin apariencia externa, y se codeaban con la flor innata de la política y de las empresas de sus respectivos países.
Tampoco enviaban a sus manos derechas a controlar el negocio oscuro del perico a los Estates o al viejo continente, ni siquiera a sus zurdos, sino que contrataban a alguien de confianza a fin de que montara una Oficina en cualquiera de las principales ciudades de los países destinatarios de tan excelsa exportación, Oficina que tenía como cometido controlar la recepción de la que te cuen, distribuir la misma entre sus distinguidos clientes, hacerse cargo del cobro y, por último, retornar el dinero al país de origen o a los ínsulas bancarias y de escaso escrúpulo repartidas por el globo. Ah, y asimismo, les tenían asignadas a esas Oficinas en cuestión, que para ello contaban en nómina permanente con un par de sicarios del Pueblo, de esos que poco aparentan, jóvenes y escuchimizados, pero que dirigen la balacera a las dianas humanas sin reparos ni desvíos, las tareas de cobros imposibles, de esos remolones a los que con un par de sobadas de hocico reaccionaban, y a los que ni con esas, y para los que solo funcionaba el plomo corrido, a ellos y a sus familias, por supuesto.