La guardia pretoriana de la familia Vallejo se había dispersado en las cuatro direcciones de Medellín a la orden de los jefes del clan. Y la familia en pleno, acompañados por Robustiano, se reunieron de emergencia en la cocina del viejo Vallejo, en la finca donde este residía. Habían dejado de tomar trago y todos sorbían una changuacaliente preparada de emergencia por las cocineras.
El viejo tomó las riendas de ese congreso doméstico de lo prohibido. Cada cual dio sus puntos de vista, cada cuál expuso sus dudas, pero todos llegaron a la misma conclusión: en esa Colombia llevada por el putas, por el terrorismo, por los paramilitares, por los traquetos, por un Gobierno débil y por la violencia diaria de muerte y secuestros, el que dos mujeres como las de ellos no hubieran llegado a casa o llamado por teléfono a esas horas de la madrugada, solo podía significar dos cosas: o que las habíanquebrado o secuestrado. Si fuese la primera opción, sus chacales lo descubrirían en breve visitando hospitales o informándose con la pasma. En caso de que fuera la segunda posibilidad, de seguro recibirían un comunicado del culpable o culpables del hecho.
-Hijos, agarrensén los machos, que aquí hay que esperar a saber cómo es la vaina. Si no las quebraron, él o los que lo hayan hecho están muertos, más que muertos, ya que ni ellos ni sus familias escaparan de la matacera que les daremos. Si están secuestradas, primero hay que esperar a ver quién lo ha hecho y que nos pide a cambio. Una vez rescatadas con billete o a lo verraco, terminamos con todos ellos y sus putas familias. De cualquier manera, esperaremos todos acá hasta que los nuestros nos digan algo o nos envíen un comunicado –terminó de hablar el Don.