Si existe una profesión afectada por el entorno, es la de los facultativos que trabajan en prisiones.
La enfermería de una prisión es lo que la cárcel para una sociedad: la C-L-O-A-C-A, el sumidero de todas las impurezas, lo que ningún ciudadano desea ver ni conocer.
Porque la prisión cumple esa función: recoger los “desechos” de la “sociedad de bien”, y la enfermería de esa Prisión (con mayúsculas), lo mismo: absorber todo ese “detritus” que en ella habita.
Con este concepto podemos imaginar todo lo que pasa diariamente por una enfermería de cualquier prisión de España y del mundo, y lo que es peor, el trato que se dispensa a esos pobres “desechos humanos” que por ahí transitan con todas sus enfermedades y padecimientos a cuestas.
El médico que ejerce como tal en una prisión nunca volverá a ser el joven ilusionado que estudió una carrera con el objetivo último de ayudar a erradicar el sufrimiento y la enfermedad, NO.
O cae en la indolencia más vil, o por el contrario, su lado humano emerge categórico y desafiante contra el mismo sistema y a favor de esos seres que, en ocasiones, son más propios de infundir lástima que rencor.
No estaría de más leer este artículo de un joven médico residente durante un mes en una prisión española.