Esta tarde de sábado y cuando el sol declina, se sienta en su mesa con vistas al patio, y a la televisión de la sala, por supuesto. Pide un café bien cargado, un truja y soledad hasta la hora de la cena: está dispuesto a enfrentarse de una vez por todas al escrito, y lo peor, a su contenido oculto. Sorbe un sonoro trago de café, da una calada al Marlboro y toma el sobre de la mesa. Introduce el dedo meñique por una pequeña abertura lateral y rasga de derecha a izquierda con el movimiento de su falange. Deja caer una ojeada al interior. Unas cuantas cuartillas de papel exquisitamente doblado piden a gritos que las aireen. Introduce el pulgar y el índice, y con un cuidado premeditado las extrae, desdobla y aplana sobre la mesa. Una caligrafía infantil, pero de letras cuidadas y terminadas en bucles, llama su atención. No por no conocerlas, ya que ha recibido infinidad de cartas de la misma remitente, sino por la gravedad con que han sido trazadas en esta ocasión, la rotundidad de sus formas y la pesadez de la tinta impresa. Se acomoda, recostándose aún más sobre la silla plástica, y comienza a leer.
Su rostro mantiene la gravedad de la expresión durante el buen rato que permanece leyendo. No se trata de un lector avezado; apenas ojeó los libros del colegio y leyó algunos comics de ídolos intergalácticos. Es más, ha sobrepasado las horas de lectura de libros del curso de literatura y las cartas de Elisabeth María en este tiempo de reclusión, a toda la lectura habida durante sus pasados años de vida. Cuando da por finalizada la leída, después de releerla en un par de ocasiones, deja la carta sobre la mesa y permanece inmóvil en su sitio. Otro sorbo de café y un par de caladas más interrumpen esa inacción. Llaman a cena.