No vuelve a abrir la boca hasta el mediodía del domingo. Ni su compi de chabolo extrae de él un par de sílabas; tampoco insiste después del segundo intento.
Avisan por megafonía la comunicación por cristales. Un nutrido grupo de compis se reúnen en la cancela de entrada al módulo. Salen a rebufo del funcionario en dirección a comunicaciones. Cuando los sueltan como rebecos en celo en busca de su locutorio, cada cuál rastrea con su mirar y movimientos oscilatorios y torpes a su visita. El Filetes husmea desde la distancia los aromas profundos de la Red, aunque estos no tengan otros resquicios para escurrirse, que los diminutos que proporcionan los locutorios; hacia allí se dirige. Se encuentra frente a sus dos compis de batallas de siempre, la piba de uno de ellos y la Red. Se ha propuesto sacar a flote su talante habitual y dejar tapado el problema que no desea comentar por el momento con nadie. Sabe que el martes tiene vis-vis con la colombiana y ella, en su carta, entre otras, le conmina a presentarse con dos güevos, si es que los tiene, como ella dice, al vis, y demostrarle que es un varón, aunque sea por dar la cara ante ella. Bueno, tiene que pensárselo y tomar una determinación antes del martes. Pero por el momento desea olvidar por unos instantes las penas y dar una buena impresión a sus compas de la rue. Como dice su compi colombiano del módulo: “man, que no se vea miseria”.
Todos le sonríen. Ellos con sus manazas golpean el vidrio que los separa mientras sueltan palabras inconexas que el aún no alcanza a descifrar. Sigue en pie y no se ha sentado ni doblado aún la cerviz para malescuchar la conversación de sordos que habitualmente se mantiene en estos locutorios de mierda. Así de pie les sonríe, mientras su vista vaga del uno al otro hasta alcanzar los ojos color miel de la Red. Entonces esta le hace un guiño, ladea su cabeza con su esplendorosa cabellera y abre ligeramente la boca mostrando una rosada punta de lengua surgir entre dientes. Joder con la tía esta. Me la está poniendo morcillona, y la cabrona sabe cómo, piensa para sí mientras los recuerdos de revolcones salvajes cruzan su mente. La bragueta pierde su compostura; la cremallera de la misma se desliza un par de dientes hacia abajo, con vida propia.