Entrega el sobre en lapecera y sale a patiear con su compis a la espera de la respuesta de su suramericana.
Elisabeth María abre el ojo cuando escucha los clacks-clacks metálicos de las puertas del segundo piso. ¡Recuento! Despierta con esa peculiar sensación plúmbea del que se levanta de una larga siesta: sin una clara definición de tiempo, espacio y realidad. Después de ver el ojo controlador de la funcionaria que la observa a través de la mirilla, vuelve a estirarse en la cama, cubriéndose con la manta hasta la comisura del labio inferior. Por qué tengo esta sensación tan maluca como de que nada es lo que es, como de mentira, se pregunta. Además, he tenido unos sueños bien tremendos toda la noche: de mi mamá y mis hijitos, de Rubén José que se iba de casa sin que mi mamita pudiera agarrarlo, y yo llorando, viendo todito como en el cinema.
Entonces se palpa las ojeras y pasa el dedo por el lagrimal donde aún encuentra vestigios de una última lloradera. Por ello vuelve a reconstruir el día de ayer. Los recuerdos del vis-vis, de la reacción del Filetes y la suya propia y, por último, la llegada al módulo con la correspondiente sorpresa al encontrarse a la Patri, provocan en ella un deseo impetuoso de permanecer el resto del día encamada. El tener que bajar al patio y sentir de nuevo la tensión que vivió en sus primeros meses de llegada al módulo la descorazona. Aquí no tienes opción; o compartes espacio con tus compis amigas, conocidas y rivales, o provocas un altercado para que te cambien de módulo, te refugien o te envíen directamente al chopano. En la calle todo es más sencillo; no te agrada alguien y con evitarlo es suficiente. No transitas por las zonas que él frecuenta, cambias de hábitos o te encierras en casa y listo. Pero aquí, ni modo. Bueno, ella siempre tiene la ventaja de permanecer parte de la jornada en su destino de economato, y con ello evita el roce con sus enemigas. Pero seguro que la zorra de la gitana buscará el momento de joderla, a ella o a sus compañeras.