-Sí, seño, ¿para qué me necesita?
-Toma –le responde la gicha mientras le entrega un sobre.
La colombiana se endereza. Mira la letra con indiferencia, voltea la carta del derecho y del revés y vuelve a doblarse con pesadez. Da la impresión que el tiempo de cárcel haya cargado sobre sus espaldas todos sus pecados y los del resto de la humanidad, a tenor de lo fatigoso del movimiento.
-Seño, qué pena, pero no quiero esta carta ni ninguna otra que llegue de este man.
La funcionaria dirige un mirar estrábico a la colombiana. Levanta sus lentes del tabique nasal y se acerca al vidrio.
-Vamos a ver, Cardozo, ¿me estás diciendo que no quieres recibir más cartas de esta persona?, ¿pero no es este…, interno, el padre de tu hijo?
Un intercambio de miradas entre ambas obvia cualquier respuesta. No obstante, la suramericana y con ánimo de no parecer descortés, añade:
-Así es, doña. Pero tengo mis razones para no querer saber nada de este vergajo, y perdone mis palabras.
La de azul esboza una ligera, ligerísima sonrisa. Toma el sobre de manos de la colombiana, lo apoya sobre la mesa y anota una observación. Entonces levanta unos grados su mirada y por encima de los lentes dirige su vista a través del cristal.
-Tranquila, Cardozo, si tú así lo deseas, daré orden de que no se reciban más cartas de este individuo.
Antes de alejarse, la afectada responde:
-Muchas gracias, doña. Bueno, ahorita tengo que ir al destino. Buenas tardes.