Lo único que le tranquiliza es la situación económica de su madre. El abogado de España, tal como le comenta su mamita, le ha cobrado una cantidad mínima para llevar la defensa, por lo que lo recolectado entre vecinos y amigos, además de lo que entregó el hijueputa del John Jairo, su benefactor a la vez que su engañador –ese que la envió cargada a España-, da para pagar los honorarios del tinterillo y para ir tirando con el mantenimiento y gastos de la casa y los pelaitos. Que no se me olvide darle las gracias al Fernandoeste cuando venga a visitarme –trata de memorizar Elisabeth María mientras retira unos últimos lagrimones de su mejilla.
-Dígale a la Elisabeth María que necesito hablar con ella –escucha la colombiana una voz proveniente de la ventanuca.
-Oye, niña, que la Paisa quiere hablar contigo –le transmite su compi de destino y que en esos momentos atiende a las señoras clientas recibiendo comandas y sirviendo como buenamente puede, sola.
-Dígale que antes de la cena y cuando cerremos esta vaina camino con ella por el patio. Y ahora le ayudo con todas esas locas, que ya llevo un ratico mariconeando con esta carta –termina de decir la colombiana mientras se saca el kleneex de la manga, se suena el moquillo lloroso y guarda los folios de nuevo en el sobre.
No desea rememorar las frases leídas en la carta. No quiere pensar en ello, por lo que se centra en atender el economato, tirar cafés como una posesa y comentar con su compi las pendejadas vanas que hacen el día a día de la vida taleguera. Durante una hora más, ambas registran un movimiento frenético entre la ventanuca y las demandantes de producto, y las neveras, la cafetera, las estanterías y las cobranzas. Al cabo de ese tiempo y en el preciso instante en que atienden a la última cliente, y antes de que aparezca la siguientes en el ángulo de visión de las economateras, cierran de golpe el portoncillo que comunica el módulo con el economato.
-Bueno, mija, voy a salir a patiear con la Paisa, a ver que carajo quiere. Desde que se fue a vivir con la Sandrita y se enverracó con nosotras, no había vuelto a charlar con ella; apenitas algún saludo y nada más. Hasta luego, mijita.