-Oiga, mija, llevo toda la noche dándole a la cabeza, pero no tengo las vainas claras. Como hoy tiene que darle una respuesta a esa malparida, déjeme que hable yo con ella. Me respeta y me escuchará –le comenta a solas, bandeja en mano y antes de tomar asiento.
-¿Usted cree, parcera? Mire que la vergaja es tremenda gonorrea y a lo pior le clava la mano –responde la Paisa con expresión de preocupación.
-Tranquila, Paisa, que yo hablaré pacito para no montar un mierdero, tranquila. Váyase a almorzar, que ya le aviso después.
Durante el almuerzo la cachaca se mantiene poco comunicativa. Quién me manda meterme en vainas de otras, piensa, mientras engulle un trozo de carne guisada que pesca a la desesperada en ese mar de grasas flotantes y verduras en inmersión. Ahora tengo que hablar con semejante malparida; a ver si no me busca un problema, y encima, yo de preñez.
Sus compañeras no se entrometen en sus reflexiones personales, sabedoras o intuidoras de que algo se cuece en el ambiente. Termina de yantar y remolonea mientras llega la hora de subida a celdas. La siesta también transcurre en vela para el sueño de la colombiana. Masca con detenimiento la tarde que le espera y por ello no deja de revolverse en el catre. Presiente que su acción de salvadora de almas, de luchadora de causas perdidas, en fin, el salir al campo de batalla cual Juana de Arco ha sido un decisión que puede que le traiga cola. Pero qué se le va a hacer. La Paisa es una paisana y si no se apoyan entre ellas, quién lo hará...
Cuando por fin esa tarde terminan de tirar cafés, vender trujas, despachar embutidos, desrefrigerar cervezas Sin y refrescos gaseosos varios y algún que otro articulillo de aseo personal y, antes de cerrar la ventanuca, Elisabeth se asoma para llamar a la primera que pase frente a su jeta. Ve a la Dolores que junto otras dos se encuentran a corta distancia del lugar.