-No se emberraque, mijita, pero es que lo del Filetes me tiene muy jodida. Además, el embarazo me saca la sensibilidad y me entran ganas de lloriquear a cada ratico.
La otra deja lo que está haciendo, se voltea hacia la colombiana, la observa con un mirar indeterminado y después sonríe.
-Tienes razón tía, a veces me se cruzan los cables y no me pispo de tu estado. Tranqui, tronca, que yo ordeno mientras me cuentas que te ha dicho ese cabronazo en la carta –responde conciliadora la otra economatera.
Ambas ríen. Se entienden bien, compenetran sus personalidades sin fricciones e intimidan todo lo que el ambiente y su carácter les permite. Cuando todo ha quedado en orden, toman sus cosas y cierren el lugar.
Nada más entrar en el módulo, la suramericana siente el ambiente enrarecido, una sensación que con el tiempo había olvidado. La misma atmósfera plúmbea, densa como para cortar con cuchillo de cuando recién llegó, de cuando la Patri reinaba de manera dictatorial, de eso hace más de un año. Pensar en volver a esa etapa le agota, sobre todo en este momento, con un embarazo que comienza a ser fatigoso y en vísperas de la época navideña, donde sabe por experiencia del pasado año que los sentimientos brotan de manera salvaje.
Todas las madres del centro temen las navidades como a una epidemia. Los recuerdos familiares, las voces agudas de sus hijos durante los cincominutos de conversación telefónica, los
cristmas recibidos, todo las abate durante semanas, extrae de ellas
hasta la última lágrima acumulada y su ánimo no vuelve a recuperarse
hasta pasadas las fiestas de Reyes.