Cuando traspasa el umbral de entrada al tigre, algo provoca un estremecimiento en su cuerpo. No sabe qué es, no lo intuye en toda su extensión, pero presiente que algo anda mal. Echa una última ojeada al patio, pero no descubre nada anormal, salvo una machaca perteneciente al clan romaní al acecho en la puerta. Da unos pasos más, cautelosa. Su primera intención es salir del lugar, pero la necesidad aprieta. Entra en uno de los compartimentos, apoya su mano en la pared trasera y se acuclilla sobre el tigre, pero sin apoyar sus nalgas en el borde del mismo. No lo ha hecho hasta el momento ni lo hará. Le asquea pensar en apoyar sus limpias asentaderas en ese reborde metálico ya antes aposentado por todo tipo de posaderas: blancas, negras, café con leche, gordas, escurridas, con granos, agrietadas, peludas, colgantes, rebosantes; ni de vainas rozará el borde.
En el momento en que se endereza para limpiarse, un tremendo golpe la proyecta contra la pared. Cae con todo el trasero, no solo sobre el borde, sino también en los interiores del hueco. La visión se le nubla. No obstante, define el contorno de la persona que le ha propinado el tremendo puntapié. La Patri. Lo que le extraña es percibir que aún se mantiene con vida, considerando el volumen de cada pernil de la gitana. Ahí, despatarrada como se encuentra sobre el hueco, reacciona de inmediato y se palpa el vientre. Si bien el topetazo lo ha recibido en el pecho, teme que el feto se haya visto perjudicado en la acción. Algo en ella se mueve de manera intranquila. De repente se ve aferrada del brazo e impulsada hacia delante, saliendo disparada del cubículo y cayendo al suelo frente a los lavabos.
-Ti avise, guarra, sudaca de mierda, ti dije que de la Patri no se ríe ni la madre que sus parió –escucha frente a ella, proveniente de las alturas, como si de la palabra del Altísimo se tratara –ansina que ahora ti vas a enterar quien manda en iste módulo, só cerda.