La reacción inmediata de Elisabeth María al escuchar esas palabras, además de llevada por el dolor del golpe, es ovillarse. Adopta la posición fetal cubriendo con todo el cuerpo su vientre. La siguiente agresión la recibe en el hígado, también en forma de patada. Desde ese momento siente que la rodea una piara de energúmenas que le propinan coces y empellones sin descanso. Ella grita, pide auxilio, pide el favor de vivir, de que respeten la vida de su hijo, pero nadie parece escuchar. Una patada anónima alcanza su vientre de manera lateral; algo restalla dentro de ella.
Lo último que oye antes de perder el conocimiento es un:
-Ámonos, chicas, antes de que se pispen lasjichas. Y a esta guarra, qui le den.
Lo último que siente antes de perder la conciencia es dos pinchazos, a estas alturas prácticamente indoloros, en su costado. A partir de esa mezcla de órdenes y punciones, su realidad se evade para convertirse en una irrealidad propia del desvanecimiento.
Nadie se apercibe del hecho. Muchas se encuentran comunicando, otras jugando a las cartas o viendo televisión. Ha entrado el mes de diciembre en el centro con sus vientos heladores y sus temperaturas destructoras, temporada poco idónea para patiear.
Al rato de ocurridos los hechos, unas despistadas entran al tigre con deseos de colocarse con la ayuda de la papela que guardan como si les fuera la vida en ello. Es tan trágico el cuadro que encuentran frente a sus ojos, que abandonan todo intento de elevarse y salen disparadas por el patio a gritos.
-¡Han mataó a la economatera, han matado a la Elisabé!