La nueva dirección se frota las manos. En menos de una semana ha resuelto la tela de araña que engullía los dos casos. Después de la denuncia fantasma de la machaca, interrogaron a la Paisa, arrancando de esta una confesión completa. Les pone al tanto de la presión carnal que la Patri ejercía sobre ella. De cómo solicitó ayuda a su compatriota Elisabeth María y de la trifulca oral que ésta última mantuvo con la gitana en el economato. Y por fin, de que en venganza por la paliza que la romaní y sus adláteres propinaron a la colombiana, ella y su pareja, la Sandrita, atacaron a la mole calé en su celda, y fue ella, la que propinó los pinchazos que acabaron con la vida de la susodicha.
En una rueda de prensa del Ministro del Interior flanqueado por el Secretario de I.I.P.P., el primero comunica el esclarecimiento de ambos hechos, hechos aislados y provocados por las diferencias históricas entre las diversas etnias. Y todo ello inducido por el hacinamiento existente en los centros penitenciarios del país, que impide la separación de los internospor… y bla, bla, bla.
Y así, el hábil político tira balones fuera y suaviza los hechos, colgando las medallas a su ministerio y departamentos dependientes del mismo. Del motivo real y de la permisividad existente en el centro, no se oye una palabra. La alarma social remite y todos tan contentos.
Mientras Elisabeth María permanece en coma inducido, a la Paisa y a la Sandrita las han internado en el chopano a la espera de la instrucción de un sumario; también por su seguridad. El colectivo gitano del centro penitenciario al unísono ha abierto la veda de caza. Se ha puesto precio a la cabeza de las dos colombianas: unas papelas de jaco, bien cargadas, por pinchar a cada una. Doble ración si las mueren, dicen los susurros que todos oyen, pero nadie sabe de ande. Sin embargo, los suramericanos, también al unísono, proclaman el desquite en caso de que cualquiera de sus compatriotas sea agredida.