Permanece varías jornadas en observación en el módulo de enfermería ; el subdirector médico se cura en salud y se interesa de manera directa por el estado de la colombiana. Después de varios días de mantener un control exhaustivo sobre la paciente, constata que su estado físico no reviste ningún tipo de peligro ni arrastra secuela alguna. No obstante, también percibe que el psíquico ha transmutado de una manera clara. La personalidad de la suramericana se ha tornado hermética, insondable; de una introversión propia de personas que hayan padecido experiencias traumáticas, y nada inusual en estas casas. Por ello, y antes de darle el alta y enviarla directamente a módulos, prepara un exhaustivo informe para la jefe de servicios y funcionarias del lugar, poniéndolas en antecedentes del padecimiento y trastorno de la personalidad de la colombiana.
Entra sobre alfombra roja en el módulo. Todas, expectativas, la esperan, incluidas las funcionarias. Todas la reciben con una sonrisa, un saludo, también las machacas de la exreinona, esas que participaron en el ataque pirata a la colombiana. Le abren un pasillo hasta su mesa, a su asiento, lugar que ha permanecido libre desde el día de su agresión, de eso algo más de un mes.
Ella avanza, sin saludar, con la vista perdida, aunque con un brillar peculiar en su retina. Toma asiento. Cesárea, su compi de economato y las otras integrantes de la mesa, la rodean. A ellas les dedica un, ¿cómo están?, y una suave sonrisa, pero apenas alguna muestra más de afecto.
Los primeros días permanece en el patio, paseando siempre en compañía de alguna, sin contestar y solo utilizando vocablos sueltos. Únicamente se explaya, aunque remisa, con sus compañeras de celda y destino. A ellas les va concatenando palabras, frases, hasta lograr mantener una conversación, conversación de mudos, apenas. Pero gracias a estos esfuerzos realizados por ellas, Elisabeth María no sucumbe al mutismo y al aislamiento total, manteniéndose reservada pero con vida en ese encierro interior y exterior que la rodea.