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DE LAS PAREJAS Y SUS RELACIONES EN PRISIÓN (224)

1/6/2010

-Lo que usted diga, doctor. Me parece bien.

-Bueno, Elisabeth María, vendré antes del juicio para definir todo, pero vete mentalizándote  que en un par de meses tendrá lugar la vista. Será un juicio rápido, de una mañana a lo sumo. No hay más implicados. Los únicos testigos serán los agentes de la Guardia Civil del aeropuerto…, rápido. 

No intercambian más palabras; ella no. Él alarga lo que puede el monólogo y al final sale del centro con apenas un, adiós, doctor, que le regala su cliente. Cómo ha cambiado esta chica, cómo la ha dañado la vida, piensa para sí Fernando mientras extrae las llaves del coche. Me temo que nunca será la de antes, pobrecilla. Tengo que sacarla de este cementerio como sea, a como de lugar, termina de meditar mientras mete primera y sale veloz del lugar. No acaba de acostumbrarse a estos sitios, y eso, a pesar de los años que lleva acudiendo a ellos. Ese olor tan penetrante, olor a prisión, olor inconfundible donde lo haya y del que se impregna la ropa de manera permanente. Las miradas perdidas, suplicantes de ellos, los chasquidos metálicos de las puertas, las voces de las familias comunicando, en fin, no termina de acostumbrarse a estas casas de muertos en vida.

A estas alturas del paseo, Elisabeth María se mueve con soltura por todo el centro; detenta desde hace un mes el destino de biblioteca. Y no por lo ilustrada que sea o el interés que pudiera tener en los libros, sino por lo cómodo y la libre maniobrabilidad que ha demostrado tener. Cuando salió de su convalecencia le dieron a elegir entre los destinos del lugar; la dirección del centro estaba en deuda con ella, además de tratar de modificar de este modo su decisión de demandar a la prisión por la agresión mortal recibida. Pero la demanda interpuesta por Fernando contra Instituciones Penitenciarias sigue su camino inexorable, como un rodillo, mientras Elisabeth María aprovecha las oportunidades que de manera zalamera le ofrece el centro.