Al tiempo que su proyecto prospera, Elisabeth María contabiliza con verdadero temor, no visible, por supuesto, los días que le acercan inexorablemente al Día; a la famosa jornada del juicio. Ese día que prefiere olvidar pero que su subconsciente lo rememora cada noche. Lo teme por lo que le pueda caer, pero también por la cunda casi segura que le aplicarán cuando le baje la sentencia. A ojo de buen cubero, entre los dos meses que le quedan hasta el Día, más los otros dos meses aproximados hasta recibir la sentencia, apenas permanecerá cuatro meses más en esta casa.
Y aunque le suene duro, le parezca incongruente y se revele contra sus sentimientos, ya está hecha a este
, a esta su casa, a su chabolo y a su gente, que aunque en la distancia, siente como una gran familia. Sabe que ha de apurar el negocio al máximo, exprimirlo como la ubre de una vieja vaca a fin de no llegar con apenas recursos al nuevo centro de cumplimiento. Además, ha de seguir enviando como en las últimas semanas los dineros al Pueblo, para el confort de su madre e hijos, y para ir creando su pequeño patrimonio. La manera de sacarlo no revierte una especial dificultad; cuenta para ello con don Ciriaco, el cabrón de don Ciriaco, el amigo de la calle del Filetes, el jefe de servicios mangante que se tercia a lo que sea con tal de sacar su tajada; y la saca. Él cumple con sus giros a un destinatario fantasma y alguien que él conoce, el Filetes, le proporciona las cantidades a enviar y sus comisiones. Nada sospecha de la colombiana.
Y el Filetes cubre muchos frentes, encantado de morder con ahínco el pastel que genera todo el entramado, aunque gradualmente perciba que es una mera ficha en el tablero de los grandes jugadores; de Rey ha pasado a Alfil, para con el tiempo reciclarse en un vulgar peón. Por el contrario, Elisabeth María, a la que el tenía por peoncilla, se ha convertido en Reina; aunque sin él saberlo, siempre lo fue en esta gran partida.