Al cabo de varias semanas la Tani se había extraviado en una realidad que solo como tal la contemplaba ella. Unas ojeras más que incipientes adornaban de continuo sus ojos y su vista deambulaba perdida por elpatio, sin norte ni sur, autista para el resto de compañeras. La Patri decidió intervenir.
Una mañana y a sabiendas que ambas se encontraban en el tigredel patio fumándose una papela, irrumpió en el recinto oscuro para enfrentarse a las dos, acuclilladas y en plena faena de quema dealuminio. A la Tani la mandó salir con voz que no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, ésta, adherida al aluminio como lapa a la roca, no estaba dispuesta a dejar volar los vapores que necesitaba como alimento necesario para la supervivencia. Patri, fuera de si, la agarró de las mechas y la arrastró hasta la entrada del tigre. Ahí quedó la Tani gritando como desquiciada con lapapelina hecho un gurruño y apretada contra su pecho.
Patri regresó en busca de la yonkie. Se sorprendió consigo misma por la manera en que manejaba la situación, ella que siempre había sido la víctima dentro de la pareja, la que recibía las hostias porque sí. Algo en ella había despertado, una fuerza brusca y dominadora.
Se acercó a la yonkie y le arreó dos bofetadas que la catapultaron a una de las esquinas del lugar. Desde la distancia y marcándole con el índice, le increpó:
-Sus voy a joder, so hijaputa. Cómo vuelvas a dar esa mierda a mi niña, te juro por mi mare que te mato, so lumiasca.
Y con esto dio media vuelta, tomó del brazo a la Tani y se alejó del lugar antes de que se arremolinaran más curiosas en la puerta. Otra Patri había nacido, una desconocida para ella.