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DIARIO DE UN PREVENTIVO

16/3/2011

Miércoles, 16 de marzo 

Otra mañana de patio. Y aunque no llevo una semana en esta casa, ya me empieza a jartar. Me coloco en la cola del economato. De inmediato, un menda, el de ayer, se pone a mi vera exigiéndome café.

-Pero qué cojones, ¿me vas a dar por culo todos los días? –respondo.

Me pone mal careto y se pira. Por fin me toca. El economatero asoma su cabezota por la ventanuca. Tiene cara de pirado. Me sirve y le pago con la tarjeta. Me la devuelve con el recibo. Joder, 22 céntimos un café; qué de a buten, pienso. 

Vuelvo al patio. En ese momento oigo mi nombre por megafonía. Me dirijo a la pecera. Doy mis datos, agachándome para que me oigan.

-Comunicaciones, salga –responde uno seco, o quizá borde; ni zorra.

Me abren y me piro. Por el camino preguntó a un menda por comunicaciones. Me indica a lo lejos una gran nave, casi a la entrada.

-Tiene visita. Su familia. Por cristales –me dicen y señalan con el dedo.

Una hilera de cuartillos con puertas se abre a mi vista. Todos con un grueso vidrio que los separa de otros idénticos al lado contrario. Solo veo a dos mendas hablando con unas mujeres ubicadas al otro lado. Busco a la mía. Al final veo dos figuras, difusas entre tanto cristal. Me acerco. Son ellas. Mi madre y mi mujer. Me ven. Entro y cierro la puerta. Coloco las palmas de las manos sobre el vidrio; ellas hacen idéntico gesto con las suyas mientras lloran; ambas. Yo también, aunque disimulo, para que los de al lado no se pispen.

-¿Cómo has podido meterte en esto, hijo?, ¿cómo has podido?

-No es verdad, yo no… -comienzo a mentir a mi madre.

Pero la mirada de ambas me descoloca.

-Hemos hablado con el abogado, ayer, toda la tarde. Sabemos todo.

Esta vez es mi mujer. Con lágrimas en los ojos me implora que no le mienta. No digo más. Asiento con la cabeza. Nos tocamos entre cristales de nuevo. Nos besamos todos, en la distancia. Al rato nos avisan por megafonía que se acabo lo que se daba. Salen diciendo adiós; yo me quedo, apenas moviendo la mano.