Hoy me fumo varios porros. Me los ha conseguido el Panamá. Estoy tan depre, hace tanto calor, y encima va mi mama y me comenta por teléfono, que mi mujer e hijo se han pirado a Marbella hasta la primera semana de septiembre, que no doy más. Y lo remata diciendo, que pobrecita, que con lo que ha sufrido se lo merece; pues que queréis que os diga, o me colocó, o simplemente me chino. Me colocó.
No sé porque me da en la olfativa que el cabronazo del abogado debe estar también por esa zona. Así lo tiene fácil: se escurre unas horas durante el día, se monta a mi parienta, y por la noche hace el paripé con la suya. Dicen que el mar y el sol pone cachondo al más pintado.
Joder, solo de pensarlo, me da un yuyu… y yo aquí con mis compis, comiéndonos los mocos, sin apenas visitas, y sin cursos ni actividades a la vista.
La fumada me da tal colocón, que los gichos me observan con mirada suspicaz. A la hora de la comida pido que me sustituya el Panamá, ya que apenas puedo agarrar al perolo. Piensan que estoy indispuesto, ya que creen que no fumo canutos, y me envían a enfermería.
En esta ocasión solo espero junto a un compi. Y a la media hora me atienden, pero gracias a Dios, no está la zorra de la medico de la vez anterior. Me encuentro a una chica joven, monilla y que trata de ser amable. Me pregunta sobre mi dolencia o lo que siento, y yo, para disimular el colocón que cargo, le contestó que la ansiedad me come a bocados, que por otro lado es verdad.
Después de estudiar mi historial médico y penitenciario, me da unas pastis sin especificarme para que son ni el nombre de las mismas. Una al día, me dice, ah, y que me autoriza permanecer durante la semana por las tardes en la celda.
Y yo, pasado como voy, pues nada, le digo que gracias, y me piro con las pastillitas en la mano. Por el camino me jalo una, y el resto, las guardo en el bolsillo.
Cuando subo a la siesta, comienzo a perder la lucidez. Solo tumbarme, caigo como si apenas pesara y envuelto en una nebulosa.