Otra mañana de resacón a lo bestia, después del homenaje de chicha que anoche nos dimos con la peña en nuestro chabolo. Pues entre unos y otros nos juntamos una docena, unos sorbiendo alcoholes, y otros, pegados a los barrotes de la ventana para evitar delatarnos con el olor a petas que se estaban inhalando entre pecho y espalda.
Resultó que el chape llegó antes de lo previsto, y todos se abrieron a la voz de agua. Pero como ya estábamos entonados y queríamos terminar con la chicha, no fueran a mosquearse los gichos después de vernos en varias ocasiones con una jumera de aquí te espero, y nos cachearan, el Edu sacó un artilugio que hasta ahora yo no había visto.
-Se me había olvidado este temita. Como no vamos a dejar a los compis así, sin terminarse los copazos, se lo vamos a enviar por mensajería. Anda, espabila y ayúdame con el carro.
Se trata de una larga cuerdecilla con un contrapeso. Edu pegó su jeta a los barrotes y gritó hacia afuera el nombre de algunos. De inmediato contestaron los del chabolo de la izquierda. Sacó el artefacto, y con su brazo comenzó a girarlo en el aire como si de la honda de David -el enano ese de la Biblia que mató al cabrón de Goliath de una pedrada- se tratará. Lo lanzó, pero nuestro compi de la celda de al lado no lo pilló. A la tercera intentona lo aferraron.
Entonces Edu pasó la cuerda por uno de los barrotes, como esas de secar ropa -las que tenían nuestras abuelas enganchadas a sus ventanas-, ató una botella pequeña de agua a medio llenar de chicha, y entre él y el otro comenzaron a correr la cuerda hasta que les llegó. Así también lo hicimos con los del chabolo de abajo, pero en este caso descolgando la botellita por su propio peso.
Mi compi me comentó, que lógicamente esto solo se puede hacer con los chabolos de los lados y el de abajo, pero que sirve para todo: puedes enviar y recibir trujas, porros, un encendedor, o lo que necesites, siempre en la hora del chape, claro está.