Voy entendiendo, aunque sin aceptar. En estas dos semanas no he levantado cabeza. Entre la desesperanza y el calor, me he movido por el módulo como un zombie. He servido la comida de manera autómata, y apenas he cruzado palabra con nadie. No se han enterado por mí del motivo de mi pesadumbre, aunque todo el patio lo sabe, la cárcel al completo. Los pipas que comunicaban ese finde junto a mí, y que presenciaron la escena con mi parienta, se han encargado de divulgarlo como trovadores por todo el penal.
Nadie se ha burlado en mi cara, aunque me imagino que más de uno se ha cachondeado a mis espaldas. Que no se anden con gilipolleces; quizás les ocurra a ellos mañana. Creo que la mayoría así lo entienden y hacen causa común conmigo, aunque no lo expresen.
Mis presagios más negros se cumplieron. Sospechaba del cabrón de mi abogado, pero no lo podía creer. Desde los primeros meses algo me incomodaba, me jodía. Cuando Patricia me comentaba, que se tiraba largas horas en el despacho del cabrón interesándose por mi situación, por mi causa, un mal fario me recorría las tripas. Pero no podía asimilar, que un menda al que conocía desde hacía años, con el que me tomaba copas, y en el que había depositado mi confianza como abogado, se pudiera follar a mi mujer. Precisamente a la mía, con la cantidad de tías buenas que hay en la calle. ¡Hay que joderse! Y se ha pasado el juramento ese de la abogacía por los eggs.
Ahora que recuerdo, que hace años me contó, que a su segunda mujer, una francesa clienta suya, la había sacado del talego por un tema de drogas, olvidando a su marido dentro y desatendido. Una vez en libertad, se había casado con ella, dejando al pobre diablo en prisión. Joder, joder, esto es lo que más canguelo me da. ¿Y si me deja tirado, sin defensa, cuando ya le hemos soltado parte de la pasta y no podemos acudir a otro abogado? No duermo desde entonces, además de llorar como un descosido imaginando a mi Pati, sí, mi Pati, en sus brazos, follando, comiéndole todo. ¡Jodeeeeeeeer, me muero!