Hoy amanezco con algo más de ánimo, y no tengo ni zorra del por qué. Será porque de nuevo entramos en fin de semana, aunque eso sea un aliciente en la calle, no en estas putas casas.
Hoy, durante la hora de la comida, tenemos una movida con el cabrón que asesinó a esa niña de la Moraleja, Anabel Segura.
Es el Emilio, el menda que convenció a un amigo para secuestrar a algún pijo de la Moraleja y pedir después un rescate por él. Y así salieron, un domingo de agosto de hace años, en su fregoneta a darse un voltio por ese barrio madrileño de pijos y ricos, como él dice.
Pues rodando iban por una de las vías de la urbanización, cuando divisaron a la pobre chica, que a la sazón tendría unos dieciocho. Frenaron junto a ella, la cogieron entre los dos por la fuerza y la introdujeron en la camioneta. No había nadie a esas horas y por esas fechas a la vista. Salieron pitando de la zona mientras la ataban en la parte de carga del vehículo.
Le sonsacaron bajo amenaza todos los datos de los padres, la amordazaron y siguieron su rumbo. Después llamaron para anunciar el secuestro y pedir el rescate.
Al terminar la comida, un joven que fue trasladado desde un módulo duro por problemas con otro menda, le soltó a Emilio que era un mierda por hacer lo que hizo a una tía. Y el otro ufano, y esperando el apoyo popular del resto del módulo, dijo:
-Pero si era una pija de mierda. Además, cuando ya llevábamos siete horas con la gachí en el coche, fui el único que tuve los cojones de decir que nos la teníamos que cargar. El otro pánfilo se cagaba por las patas por si después la encontraban y hablaba de nosotros; yo no. Tome otra cuerda y con mis santos cojones le hice un nudo alrededor del cuello y apreté. Una menos –terminó chulesco.
El otro menda se levantó para sobarle el hocico, y la maricona esta salió cagando leches a la garita de los jinchos; después pidió refugio.