Hoy tiene micompivis a vis con sus padres. Está de los nervios, el cabrón. Han venido a visitarlo desde Inglaterra. Hace varios años que no los ve, desde que se vino a vivir a España, y después, desde que cayó en este agujero por pasarse de listo.
No habla mucho, pero cuando lo hace es para preguntar, averiguar, informarse sobre temas que le atañen a él; es un puto egoísta. Lo que no tenga que ver con él, le importa una mierda.
Pero hoy está de a buti. Se ha maqueado con lo mejor de su vestuario, que no es mucho, al igual que el resto de compis, pero lo suficiente para verlo lucir otro aire.
Aún recuerdo, como durante los primeros vises con Patricia me aderezaba como un pincel, me arreglaba como si de una boda real se tratara, con la ilusión propia de un crío. Me duchaba a conciencia, cepillaba mis muelas, repeinaba mi cabello con esmero, me perfumaba, me embutía las prendas con sumo cuidado para que no se arrugaran –después de haberlas tenido la noche entera ensandwichadas entre el colchón y unos cartones colocados sobre el somier metálico agujereado-, y así, cuando terminaba con el maqueo, me colocaba frente a mi compi de turno, ante la falta de un espejo para tales menesteres, y le preguntaba su opinión.
Eso era antes, cuando aún disfrutaba de losvis a vis íntimos junto a mi esposa, antes de que ésta pasara a manos de otro, sí, a las manos delicadas y feminoides del hijo de puta de mi abogado.
Ahora ya no siento esa felicidad. Esa alegría que irradia el inglesito mientras me pregunta qué cómo lo veo, qué si ha quedado bien maqueado; yo respondo que sí, que de a buten, que está guay, mientras recuerdo con añoranza el último vis con Pati, sus caricias, sus besos, su sexo… ahora solo acudo al familiar, a ver a mi pobre vieja, esa que nunca falla, esa que siempre está ahí, sin preguntas, con pocos reproches, cansada, agotada por esa vida que tan pocas satisfacciones le ha proporcionado, ahí, siempre al pie del cañón.