Siguen en el hospital, pero por lo que me dice Pati puede que a finales de esta semana le den el alta. Hasta consigo hablar con mi hijo por vez primera en estas dos últimas semanas. Su vocecilla, al otro lado delteléfono, se escuchaba débil; apenas pronuncia palabra, él habitualmente tan charlatán. Pero lo peor se revela cuando me pregunta el motivo por el que no estoy ahí en el hospital, junto a él, en lugar de estar trabajando. Pobrecillo, si él supiera la verdad sobre el trabajo de su padre.
Estoy mucho más tranqui. Vuelvo a dormir sin despertarme de continuo por la noche después de tirarme estos últimos días sin pegar ojo; así dejo roncar tranquilamente a mi nuevo compi. La verdad, apenas hablo con el inglesito de los cojones, y nos tratamos lo justo para sobrevivir durante quince horas diarias en un espacio de unos diez metros cuadrados sin matarnos; todo un éxito.
Y si digo todo un éxito, no exagero ni un ápice. Alguien se puede imaginar, lo que es compartir un espacio de diez metros cuadrados, incluidos el tigre, laducha, las literas, las baldas, una mesa, una silla, la ropa y chécheres de cada cual, además de un compañero que te han encalomaó y que no conoces de nada, quizás de otro ambiente social, con otra educación, diferente nacionalidad, diversa religión, y que para más inri, caga, mea y se pajea a tu lado, por lo que tienes que aguantar su olor, sus ruidos, sus peadas y sus pajas… alguien se imagina lo que significa convivir en esas condiciones, hora tras hora, día tras día, mes tras mes…
Y para rematar la jugada, después bajas al patio a desahogarte, y te encuentras a otros ciento cuarenta mendas, similares o diferentes a ti, a tu compi o a tu familia y amigos, a los que igualmente tienes que soportar todos los días, estés del humor que estés, sin poderte cambiar de acera, de barrio o de ciudad.
Pues esa es la vida que diariamente todos llevamos aquí: monótona, aburrida, insoportable y triste. ¡Que mierda! ¡Una puta mierda!