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DIARIO DE UN PREVENTIVO

18/11/2011

Viernes, 18 de diciembre

Anoche no volví a pegar ojo. Como me movía sin cesar en el camastro, el inglesito de los cojones hizo no sé que comentario en inglés, a lo que le respondí con un, ¡me cago en tós tus muertos y en todo lo que se menea, me cago!, que enmudeció al menda; vaya lenguaje que estoy adquiriendo. No volvió a abrir el hocico en toda la anoche, y esta mañana me miraba con cierta precaución y siempre con el rabillo del ojo. Me evita. Mejor para mí, ya que me parece un soplapollas y un pedante, además de gil por no pisparse de que cargo con un marronazo familiar de aquí te espero.

Bajo, y antes de repartir el desayuno, me planto ante el teléfono. Nadie me lo impide, ni los funcionarios por la hora, ni los compis por la cola; ya lo sabe todo el patio y respetan. Como es habitual, alguien ha largado, y creo que en esta ocasión, algún jincho a uno de los soplones del módulo.

Hablo con Patricia. Sigue en el hospital. Ha pedido unos días de baja en la empresa para no dejar a nuestro hijo solo. Me cuenta que el niño ha tenido cierta mejoría, aunque mínima. No obstante, está optimista. Sigue manteniendo un tono amigable conmigo, a pesar de que la bombardeo a preguntas. Nadie se puede imaginar lo que es sufrir una desgracia familiar de esta índole encarcelado, y no poder reaccionar de ninguna de las maneras, sentirte anulado como padre, como marido, en fin, como individuo. Sobre todo en mi caso, que siempre trataba de dar soluciones prácticas a los obstáculos que te pone la vida. Y mi mujer lo sabe, y por ello ha bajado el tono conmigo, además de mantener sobre su cabeza la espada de la culpabilidad. Sin embargo, intuyo que sigue con la relación con el hijo de puta de mi abogado, y que esta tregua es pasajera y motivada por el percance del niño; presiento que no la recuperaré.

Sirvo el desayuno como un zombie. Solo deseo ver a mi mama este finde para que me cuente el estado real de mi hijo. Si algo le ocurriera… no creo que pudiera soportarlo, menos aquí, encerrado.