Me acosté de mala leche con el rollo del nuevo compi, pero pronto me puse a pensar en el curso de mañana, a ponerme cachondo y a montarme la película de lo que ocurriría con Paula: ¿follaré?
Poco me dura el rollito morboso. Esta tarde llamo a casa para hablar con Patricia y el niño y nadie responde. Entonces llamo a mi mujer al móvil, ya que me extraña la ausencia de ambos en un día laboral.
Me sorprende su voz: angustiada aunque cómplice. Me suelta con un tono entrecortado y lloroso, que está en el Hospital Infantil San Rafael. Que el niño, al salir del colegio y mientras ella hablaba con otra madre, se le ha escapado para jugar con unos compañeros, cruzando la calle, con tan mala suerte, que un coche que circulaba en ese instante, lo golpeó y lo elevó por el aire, cayendo como un bulto sobre el asfalto. Que tiene un traumatismo craneoencefálico o como se llame y un brazo roto.
Me ofusco. Me altero. Pregunto ansioso por el estado de mi hijo. Ella se siente culpable y lo demuestra con un tono blando, impropio de ella, orgullosa donde las haya.
-Dicen los médicos que está grave pero no temen por su vida. Ay, Javi, no vivo; nuestro hijo… por mi culpa. Lo siento, lo siento, lo siento… mi pobre hijito, nuestro, no sé… -y la comunicación se corta.
Han transcurrido los putos cinco minutos, se ha cortado y mi hijo está grave. No sé qué hacer, a quien acudir, si pedir un permiso extraordinario o no. Para lo que sirven.
Me dirijo raudo a la pecera. Hablo con el funcionario y le explico de manera entrecortada la situación. Me dice que espere. Descuelga un teléfono y conversa con alguien. Al rato se acerca.
-Hasta mañana no puede venir la trabajadora social. Se ha ido. Lo siento, Guerrero.
-¡Pero, pero, don Juan, que mi hijo está en la UVI, que necesito salir a verlo, que se me puede morir, por favor, localice a alguien para que me autorice! –termino llorándole, rogando.