Me he despertado con una sensación de mierda. Encima anoche me tuve que cascar una alemanita, porque después de ese supuesto polvo que se quedó en una mala corrida, llegué con un cabreo que te cagas al chabolo, claro, y me tuve que contentar, aprovechando que estoy solo y hago lo que me sale de la polla.
En cambio la Paula llegó resplandeciente a clase. Después del orgasmón que se montó sobre mi jeta, ala, a vivir. Y para colmo, quería más, y no paró de pasarme la mano por encima del pantalón en cada ocasión que el maestro se despistaba, pero entre el cabreo que tenía por no haberla metido, la corrida en los gayumbos que por falta de tiempo no pude limpiar –sentía una humedad pegajosa que te cagas- y la falta de ganas por motivos obvios, nada, que la niña no pudo conmigo, pero ella, por lo menos, quedó satisfecha.
Me llaman de lagarita de funcionarios. Miedo me da. No me equivocaba. Ha llegado una nueva remesa de pardillos y me tienen, por cojones, que encalomar uno. No hay otra opción, dicen. Vuelvo alpatio sin interés de conocer a mi nuevo compi de chabolo. Ya le veré la jeta cuando suba a la siesta.
Pero en medio del patieo junto al kurdo, veo que un tío de complexión fuerte, de una altura considerable, cabeza rapada y rondando los cuarenta y tantos se acerca a mí. Cuando llega junto a mí, me extiende la mano y me suelta:
-Soy tu nuevo compañero de celda. Mi nombre es Chaym Moche Feldman.
Le doy mi mano por inercia, por la costumbre que uno tiene en la calle de estrechar manos a doquier.
-Soy Javier, Javier Guerrero. Cuando subas ya te pongo al tanto de todo.
Pone cara de duda, sonríe de manera ligera, se gira sobre si mismo y se aleja en dirección a otro nuevo, el que parece su compi y con pinta de oso, por el tamaño y el vello que cubre lo visible de su cuerpo.