Contacta con Infoprisión: infoprision@gmail.com

blog

DIARIO DE UN PREVENTIVO

19/12/2011

Lunes, 19 de diciembre

Este finde tuve una grata sorpresa. Mi madre vino a comunicar con mi amigo Manolo y con Pía, mi primer amor, y pelirroja. 

A ambos les había pedido la autorización de visitas por cristales al comienzo, al entrar -tan típico de los que estamos aquí, cuando pedimos todo y para todo-, hasta se me había olvidado, pero cual ha sido mi sorpresa cuando me encontré ayer a mi madre junto a ellos dos.

Bueno, Lolo es uno de mis amigos de infancia, vecino de la calle y compañero del colegio. Pía, ay Pía, fue mi primer gran amor y la mujer que me introdujo por los recovecos del sexo. 

Ambos teníamos diecisiete, ella pelirroja y yo castaño. Ella vivía en el mismo edificio que Manolo y era hija de un militar. Cuando la vi por vez primera en la calle, patinaba mientras esperaba al novio, cinco años mayor que ella y que hacia el servicio militar en Melilla. Mientras aguardaba deseosa su regreso, nos conocimos. Y nos encoñamos.

Y decidió practicar conmigo todas las enseñanzas que su maestro y amante le había enseñado. Unos días en su casa, otros en la mía, bueno, para ser más exactos, en las de nuestros padres. Un día, y mientras nos encontrábamos en plena faena, el militar entró en casa mientras yo saltaba en pelota picada por la ventana al patio, seguido de la ropa que ella lanzó; me salvo la altura: un primer piso. 

El segundo encuentro lo tuvimos en la mía, pero ahí si nos pilló mi padre trajinando; ella salió por pies de casa para no volver jamás. Los siguientes encuentros fueron de índole callejera.

Al regreso del novio del norte de África, ella no estaba dispuesta a deshacerse de ninguno. Después de una reunión lacrimógena y a tres bandas me retiré hastiado. Se casaron y ahora tienen tres hijos.

Cuando la vi detrás de los cristales, los recuerdos avivaron mi ternura, pero también la libido. De inmediato tuve una erección que trate de disimular frente a la mama. Enrojecí.

Cuando al final salieron, vi como a Pía le resbalaban unas lágrimas por el rostro. Entonces percibí todo lo que había perdido en mi vida.