El patio entero está colocaó. Es tal la depre que nos embarga en esta semana de fiestas e inactividad, que todos se están colocando con el último cargamento que mandó traer Jesús, yo entre ellos. La postura que celosamente guardaba para navidades, me la he pulido estos días en compañía del Panamá y el colombiano. A los gallegos no les mola la droga, al kurdo menos, y a mí, salvo el chocolate, lo demás no me interesa. Sin embargo, la peña se ha puesto en estos días de todo hasta el culo, a pesar de lo cual el patio está tranquilo.
Los jinchos lo saben, y si no lo sabían, se han pispado de ello en algún momento de la semana, pero ellos quieren cumplir y pirarse al finalizar el turno a su hogar y no complicarse la vida, y menos, sin apenas apoyo, sí, el apoyo que se ha ido de puente.
De nuevo ha llegado la tranquilidad a mi casa. Mi hijo está a salvo, mi mujer relajada y de vuelta a las andadas con su amante jurídico, aunque todo hay que decirlo, después del contratiempo, sus modos para conmigo son asequibles, hasta cariñosos, diría yo, por lo que la relación se ha tornado más fluida.
Hoy recibo carta de Paula. Esta emberracada, como ella dice, porque ayer no hubo curso y dejó de verme esta semana. Me comenta que no deja de pensar en mí, no para de tocarse soñando conmigo, y que está dispuesta a darlo todo en nuestro próximo encuentro, y todo es todo, con las posibles consecuencias que ello acarree. La carta destila perfumazo por todos sus esquinas, y mientras la leo, tumbado en soledad en mi chabolo, me casco una alemanita que de a poco me produce un paro cardiaco; menudo subidón.
Una vez tranquilo, me entra el acojone. A mi no me mola ni esto así usar condón, pero con esta pájara, y ya no por el VIH, sino por ser capaz de dejarse preñar, me entra un cangüelo, que entre la paja recién cascada y el miedo que siento, mi rabillo desaparece de mi campo de visión y hasta del tacto. Si quiero seguir con la niña suramericana, he de utilizar condón: no hay más cojones.